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Uno de noviembre

Mi madre murió delante de mí. Se atragantó con una espina de pescado. Era un uno de noviembre el día en que mi madre yo yo nos sentamos juntos a la mesa por última vez. Yo tan solo tenía diez años. Pasaron cuarenta y cinco años cuando volví a verla después de que muriera axfisiada delante de mi presencia sin hacer absolutamente nada por ella. El espejo de la habitación reflejó nuestras caras, la de mi madre no había cambiado en absoluto desde aquel uno de noviembre; azul violácea a causa del ahogamiento que sufrió cuando aquella afilada espina se le cruzó en mitad de su garganta dejándola sin aliento. La mía, ya no era la de un niño de diez años, si no la de un viejo cansado y arrugado. La observé completamente estupefacto. Llevaba su traje almidonado de color negro. Un vestido largo y austero, el mismo, que vistió en el funeral de mi padre cuando yo era un niño pequeño. Ella me devolvió la mirada a través de un espejo salpicado de suciedad y angustia. El mismo en el que cuarenta...

La casa vacía

  Me largué de casa hace veinte años. Tampoco he vuelto a ver el mar desde entonces. Vivíamos muy cerca de la costa Brava, a menos de media hora en coche. Nos sentíamos unos auténticos privilegiados pudiéndolo tener todo. Yo trabajaba como editora decidiendo que libros se publicaban en esos momentos y cuales no: este libro sirve, este otro es una mierda, no me gusta este título o, ¿cómo ha podido fulanito escribir esta saga después de que su primer libro fuera un auténtico best seller? ¿siendo el número uno en ventas? Yo llevaba la batuta, era la reina, la que estaba encima de la cúspide de la pirámide. Mi marido era un reconocido dentista y luego estaba nuestro hijo de tres años que se llamaba Juan. Aquella mañana de sábado quisimos salir temprano para aprovechar bien el día. Juan aún dormía y fui yo la que lo acomodé en la sillita del coche con cuidado para que no despertara. Queríamos ser los primeros en llegar a la playa para descansar, bañarnos con Juan y luego a mediodía ir a...

El viaje

  Todos los días el señor Santos se levanta antes del amanecer. Camino a cocheras detiene sus pasos en el bar de la esquina—un café y una tostada—. Hoy va a ser un día diferente para el señor Santos; hoy será su último viaje en su autobús como conductor. La primera persona que sube es la señora Samantha. La conoce desde hace treinta años y desde aquella mañana de mil novecientos noventa y dos no ha dejado de subirse ni un solo día—apenas se han dirigido un par de frases corteses a lo largo de los años—.Tan solo faltan tres paradas para que baje. El autobús va en silencio. La observa con disimulo a través del espejo—ella lo mira con ojos tristes—. El señor Santos se queda absorto cuando ve que Samantha arroja un papel doblado en cuatro. Cuando el señor Santos gira la curva, ella ya no está. Tan solo un viajero despistado en el autobús—es un domingo de agosto—. En un semáforo en rojo, el señor Santos se levanta de su asiento y con paso cansino se agacha a recoger el papel que se...

La cita

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  Abrí una cuenta en Tinder y dejé volar mi imaginación maquillando un poco mi perfil. Quería mejorar mi aspecto y mi status a la máxima potencia. Robé algunos granos de sal y pimienta vertiéndolos de manera obscena sobre mi amargura, fealdad y mediocridad. Mi cabeza comenzó a fantasear. Imaginé que yo era alguien que tenía un excelente trabajo. Un trabajo importante. Un trabajo para vivir holgadamente o quizás un poco más que eso. Un trabajo con el que cada fin de mes pudiera llenar mi hucha para poder regalarme cosas bonitas y trastos inútiles para luego guardarlos en el fondo de mi armario—deliro imaginando a mis amigas muertas de la envidia—. Miré a mi alrededor. No tenía ni un ápice de todo lo que mi cabeza loca inventaba—vivir de una ayuda no da para mucho y levantarme cada mañana temprano para salir a la calle a ganarme el sueldo...Hace tiempo que no trabajo y cuando lo hago es porque no me queda otra. Me da pereza madrugar, asearme y salir al mundo en defini...

Crudeza

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El reloj suena puntual a las cinco de la mañana. Nunca he visto ni he conocido a algo o a alguien tan cumplidor como el viejo y roñoso aparato que preside en mi mesilla de noche. Me levanto despacio. No quiero que él se desvele. Tan solo el crujido de alguna de mis vértebras es lo que mis oídos logran oír. Ni siquiera escucho su respiración. Tampoco la de los gemelos, que duermen en el cuarto de al lado. Enciendo la luz de la lámpara que apoya junto al reloj despertador y, a un libro que he deseado leer como media docena de veces. En ninguno de mis intentos he logrado pasar de la primera página. El cansancio mental me impide concentrarme en la novela. Compruebo que respira. La luz amarillenta que desprende el foco, ilumina su rostro envuelto en pequeñas moléculas de polvo. Aún dormido, se le ve cansado. Hastiado. Le pesa la vida. Lo sé. Antes de ir a la cocina, paso primero por el cuarto de los gemelos. Sus pechos se mueven al son de sus respiraciones. Beso las dos cab...

Compañeros de trabajo...

He llegado del trabajo cansada de todo; casi diez horas de pie y sin apenas moverme, observando como unas patatas pasan por una canaleta de plástico una tras otra. Mi trabajo consiste en echar a un saco, las patatas podridas; el olor que se forma en la minúscula nave es nauseabundo. Hoy me toca sacarlo a mi fuera de ahí; un saco que lo mismo es más grande que yo. Como no puedo echármelo a la espalda lo arrastro con las dos manos los metros necesarios hasta llegar a la zona de los escombros. Hace tanto frío, que llevo las manos cuarteadas y el pelo me cae por la frente dejando que unas pequeñas gotas de rocío resbalen por mi nariz; me hacen cosquillas, pero no puedo soltar el puto saco. Lo único que me reconforta es que en cuanto suelte el bolsón mugriento me fumaré un cigarro. Me da lo mismo el frío, el viento y el olor. Me refugiaré entre los sacos y desde luego no pienso desperdiciar ni una calada. —¿Quieres fuego? Me sobresalto, la verdad. No esperaba a nadie en mi escondri...

Noche de madrugada

  Se levantó de madrugada para ir al cuarto de baño. Su marido descansaba a su lado en la cama, igual que un niño pequeño. No dormía como ella; de lado y acurrucada a su cuerpo, si no hacia arriba, con los ojos abiertos mirando hacia el techo y, sus brazos cruzados colocados encima de su tripa. Lo vio tan a gusto que lo besó en la mejilla antes de salir de la cama y, pensó, que qué suerte tenía él, que ni aunque cayera en esos momentos una bomba ,él no despertaría jamás. Esme.

La consulta del dentista

  Tenía que llevar a mi hijo pequeño a la consulta del dentista. Era una mañana de agosto calurosa y pesada. Juanito estaba insoportable aquel día; llevaba despierto desde antes de las siete y yo no me dormí por lo menos hasta las tres de la madrugada. Quedaba por lo menos una hora para la cita que teníamos con el doctor, y con una sonrisa impostada—de lo único que tenía ganas era de tumbarme en la cama—,le dije a Juanito que antes de acudir al dentista, pasaríamos un rato antes por el parque; que seguro habría algún amiguito suyo con el que poder jugar antes de ir a que le vieran los dientes. En el parque no había nadie y, además pegaba todo el sol encima de los toboganes oxidados. Juanito comenzó a quejarse antes de que yo pudiera sentarme en un banco a tomar un poco de aquel sol amarillo que resplandecía sin piedad alguna. Le dije que se sentara en la sombra, y le ofrecí un trozo de torta con chocolate. Mientras Juanito alimentaba su gula, yo prendí un cigarro a la vez que le...

Un sueño macabro

  Mi padre, antes de cada comida le hacía la señal de la cruz al pan. Hace tiempo que no le veo hacer tal gesto—pienso, que a lo mejor, es porque hace años que no me siento en la mesa con él, o a lo mejor es a causa de el accidente que sufrió hace ya años—; mi padre no tiene piernas. Las perdió en un accidente de coche. Iba con mi madre. Los dos solos. Ella no sufrió ningún rasguño, y a él le quedaron dos muñones amorfos y desiguales. Desde que le dieron el alta a mi padre en el hospital, mi madre duerme en otro cuarto—dice que es para que descanse mejor—. Excusas baratas. A madre, mi padre le da asco. No me lo ha dicho—no hace falta—, cada día tiene que bañarlo, y en una de mis escasas visitas, pude ver el reflejo de la cara de mi madre en el espejo del cuarto del baño. Aquella luz amarillenta y parpadeante era testigo de que las acciones—lavar sus muñones ulcerosos— a mi madre le repugnaba. Esa mañana, me encontraba casualmente en el quicio de la puerta de madera vieja y carcom...

El coche negro

  Unas nubes negras cubrieron el cielo. Recogimos los restos del almuerzo, a la vez que las primeras gotas de lluvia comenzaron a mojar nuestras cabezas. Te fuiste corriendo detrás de una liebre. Te llamé, a la vez que me colocaba la mochila y preparaba las bicicletas para marcharnos a casa. Volví a llamarte—esta vez grité tu nombre con todas mis fuerzas—. Salí corriendo al camino, para ver si te veía. Un coche negro pasó por mi lado y te vi dentro de él; me decías adiós. Un rayo iluminó el cielo y la tormenta ahogó mi grito a la vez que veía como desaparecía el coche negro por el camino. Fin Esme

El examen

Con los ojos aun legañosos cogí mi móvil de la mesilla; un mail a las tres de la mañana me despertó de un sopor impostado por unos somníferos que cada noche le robaba a mi madre que escondía entre sus bragas. Encendí la lámpara, que junto a la luz amarilla de mi teléfono me cegó la visión casi al completo. El mail decía así: Sr. Diego. Le convocamos el día veintitrés de junio del año dos mil veintiuno a que se persone en el conservatorio de la ciudad de Zaragoza, para la prueba de acceso al colegio de música de la ciudad del mundo que usted elija. Debe de acudir puntual a las cuatro y media p.m. Si usted aprueba el examen, obtendrá una beca ilimitada donde desee. Sabrá la canción que deberá interpretar cinco minutos antes de la prueba. Queremos hacerle saber que ha sido uno de los pocos elegidos para esta aventura y, estamos seguros de que sabrá aprovechar esta gran oportunidad. Tan solo hay un requisito que debe de conocer: por cada fallo que tenga usted al piano una persona morirá...

Gire a la derecha—camino Montflorite—.

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  Este microrrelato ha sido elegido para formar parte de la antología "Pluma, tinta y papel" Gire a la derecha—camino Montflorite—. Solo tenía que seguir al Ibiza. Pero en un descuido, en lugar de girar a la izquierda, me adentré por el carril derecho. Mis acompañantes chillaron y los pasajeros del Ibiza, desaparecieron.  Montflorite— era nuestro destino—, un conde regentaba un chalé y nos esperaba con unos vermú.  Los que se desviaron por el carril izquierdo, siguieron sus vidas. Nosotros, nos quedamos ahí con el conde. No había marcha atrás.

Miranda

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  Llamó por teléfono una mañana de invierno. Era lunes y hacía frío. La nueva estación se mostraba en todo su esplendor, y el aire golpeaba una de las ventanas—en casa del herrero...—, ni siquiera me dio tiempo a acabar de decir el dichoso refrán. El teléfono sonó con insistencia; un tono, dos tonos...al quinto dejé mi café—ya frío—, encima de la mesa, junto a unos albaranes polvorientos. Era una mujer, la que se encontraba a la otra línea del teléfono—una quiebra, justo al lado de una sus ventanas—, eso fue lo que me explicó. Según me dijo, por ahí se colaba absolutamente todo: viento, lluvia, frío, calor, penas, sufrimiento, angustia y venganza. Su voz me pareció cálida, igual que cuando dejas reposar un bizcocho recién horneado sobre la encimera de la cocina, y el olor a azúcar que desprende lo va impregnando todo. Solo cambio su tono de voz, en el momento en que me dijo que ella no se encontraría en su domicilio, que sería el portero, quien le mostraría la quiebra y, que cada...

El fin del mundo en un avión—2º parte—.

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  David, abrió los ojos como platos, cuando a través del cristal del avión en el que volaba, pudo observar una maraña de estrellas enredadas todas entre si. La lluvia amarilla, hacía tiempo que había comenzado a alejarse en forma de tornado, y ahora en cambio, ya no existía cielo—había sido engullido por completo—; las estrellas se cruzaban entre ellas, quedando apelotonadas, y eran tantas, que se mezclaban, haciendo que al final aquello pareciera una masa gorda y blanda en medio de la nada—esto será a lo que se refieren con el fin del mundo—,fue lo que David pensó para sus propios adentros. Pero a diferencia de David, ninguno de aquellos peculiares pasajeros que volaban con él, se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo ahí fuera Los singulares viajeros que viajaban con David alejándose de el fin del mundo , no eran los mismos que horas antes habían sido conducidos a aquel avión de forma imprevista. Solo habían pasado unas horas, desde que David subió a aquel cacharro destart...

El final de la historia

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  Lo que está escrito es lo que importa. Lo demás no existe. Durante todo el tiempo que estuve encerrada, las imágenes de mi vida iban y venían como si de una ráfaga de diapositivas se tratara. A veces me veía a mi misma en ellas. Otras en cambio no me reconocía y todo ello iba encadenado a una continua repetición de noticias; fotocopias unas de las otras, tanto, que había momentos donde la realidad se mezclaba con los sueños y estos se enredaban con una ficción inventada en mi cabeza, donde todo lo ocurrido solo estaba en mi mente; mi pasado mi presente y mi futuro. Aunque esto era cosa mía, porque cuando aquel cinco de julio del dos mil veinticuatro, a las ocho de la mañana se sintonizó puntualmente el televisor, lo vi escrito en un cartel informativo que figuraba detrás del presidente; el Estado de Sitio se levanta a partir de hoy a las doce del mediodía . Ese día era viernes, y a pesar de que durante el último Estado todos los televisores del país se programaban ellos solos...

Recomendación literaria

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  Hoy quiero recomendaros un libro, que bien podría catalogarse de ficción y ensayo. La novela de la que quiero hablaros lleva como título: Las madres no. De la escritora Katisa Aguirre. Escribir sobre maternidades ha dejado de ser raro. Pero cuanto más me adentraba en la oscura lectura, más cruda me parecía. Este libro tiene dos protagonistas, las dos son mujeres, y las dos son madres. La historia en cuestión tiene a una de las madres y lo que hace es asesinar a sus dos bebés; esta mujer está casada, tiene una buena vida y los hijos eran buscados. Tanto, que nacen gracias a una reproducción asistida. Por otro lado, tenemos a la otra futura madre que en esos momentos está embarazada y es escritora. La futura madre da a luz y de la manera más casual lee en un periódico el infanticidio de  unos  gemelos asesinados por su propia madre, lo más perturbador de todo, es que la protagonista que acaba de dar a luz la conoce, y empieza a  sentir tal obsesión por la historia qu...

Damas desnudas

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En París hay cientos de calles por donde uno puede perderse sin apenas darse cuenta. En una de ellas, vive Paul; en un ático sin cortinas y con vistas a la Torre Eiffel. En esa callejuela empedrada, donde siempre se llena de turistas sea la hora que sea, vive el protagonista de esta historia. El olor a croissant y el aroma a café recién hecho hace despertar los sentidos de Paul. Se encuentra en su ático con una mujer y la pinta sobre un lienzo. Desnuda. La dama, se llama Sophie. Paul, es un pintor bastante conocido por plasmar en el lienzo a mujeres sin ropa; de manera provocativa y sacando toda la sensualidad a través de la pintura . Sophie, es una pelirroja de cuarenta años. Su cara llena de pecas le hace parecer más infantil de la edad que tiene, pero su cuerpo no. Destaca por una figura protuberante; de anchas caderas, pecho grande y redondo. Sus piernas son largas y unas finas venas violáceas se marcan en la cara interna de sus muslos. Está sentada en una silla que prete...