Punta curva
Hoy he ido a la peluquería.
—¿Qué te hacemos, Espe?
No me llamo Espe. No la corregí. No había nadie más ahí. ¿Tan difícil era recordar el nombre de su única clienta?
Se acercó por detrás. No dijo nada. Me apoyó dos dedos en la coronilla, en mitad del remolino, como si comprobara la temperatura de algo vivo. Los dejó ahí más tiempo del necesario.
—A ver—murmuró.
Separó el pelo con cuidado exagerado. No por delicadeza, sino por atención, como si le fuera la vida en ello.
—Tienes el pelo muy fino.
Lo dijo con una seriedad absurda, como si acabara de descubrir un problema que solo existía para ella.
—Y se rompe—añadió convencida.
Me quedé callada. Me lo habían dicho todas las peluqueras a lo largo de mi vida. Tengo cincuenta y un años. Sé que la densidad de mi pelo es escasa. Siempre lo he sabido. No soy imbécil. Entonces...¿por qué cada vez me lo dicen como si yo no tuviera ni idea? ¿Acaso hablo yo de su papada y sus ojos saltones? ¿ O de sus brazos desproporcionados?
—Mucho no se puede hacer—finalizó, retirando las manos.
Y aún así, ella me seguía llamando Espe.
Salí de la peluquería. Entré en una ferretería y compré unas tijeras pequeñas, de punta curva y buen filo. Las guardé en el bolso y me fui.
Al día siguiente, en las noticias:
Terrible suceso.
Ha aparecido una peluquera asesinada en su local en un barrio de Zaragoza. Tenía un corte profundo en el cuello y la cabeza completamente afeitada.
No había nombres. No dieron detalles.
Llamé a otra peluquería. Dije mi nombre despacio. Repitieron otro.
No dije nada. Me pasé los dedos por mi pelo. Entre ellos, un mechón que ya no me pertenecía a mí.
esmeraldaegea.com
Las peluqueras de entrometen demasiado en la vida de sus clientas.
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