Nunca he conocido a nadie que tuviera un trabajo. Mi abuela fue la última. Cuando era pequeño me enseñaba una fotografía. Salía sonriente y con unos cascos de color negro que le tapaban las orejas. —¿Dónde estabas? —le pregunté una vez. —En la oficina. —¿Y qué hacías? —Reclamaba lo que dejaban de pagar, negociaba...y si hacía falta, pleiteaba. Que es la forma elegante de decir: "pues ahora te vas a enterar" ja, ja, ja. No entendía por qué alguien iba a dedicar un montón de horas al día ayudando a la gente a no meterse en líos de dinero pudiendo hacer otra cosa. Ahora daría cualquier cosa por ocupar su lugar. Los bots hacen todo. Construyen las casas, cultivan la comida, operan a los enfermos, redactan las leyes, inventan ficción, biografías, ensayo, ruedan películas, dan clases, deciden que árboles talar y hasta recobran deuda. Pero no como se recobraba antes. Ellos no llaman. No escuchan excusas. No hacen planes de pago. Solo bloquean. te quitan puntos sociales. Te ba...
Me llamo Leticia Soler y hace tiempo dejé de contar los días que pasan. En mi piso ruinoso, la vida se mide en colillas apagadas y latas de cerveza vacías. Cuando la ciudad duerme, yo leo; cuando despierta, yo fumo y bebo. No espero redención, solo un final digno, aunque sea oscuro. Esa noche al volver de El Tubo con los labios resecos de tanto fumar y beber, encontré el libro en mi buzón. No tenía portada, solo un título gastado en letras doradas: Los crímenes de Zaragoza. Lo abrí al azar mientras el eco de mis tacones resonaba en el suelo de madera enmohecida. Las palabras me dejaron boquiabierta: una mujer asesinada en el Puente de Piedra, su cuerpo colgado de las barandilas, balanceándose como una muñeca al ritmo del cierzo. Cerré el libro y me encendí un cigarro. Era ficción, me dije, aunque las descripciones me pusieron los pelos de punta. A la mañana siguiente, la noticia me golpeó como un puñetazo: habían encontrado a una mujer en el Puente de Piedra, colgada. Intenté ign...
Hoy he ido a la peluquería. — ¿Qué te hacemos, Espe? No me llamo Espe. No la corregí. No había nadie más ahí. ¿Tan difícil era recordar el nombre de su única clienta? Se acercó por detrás. No dijo nada. Me apoyó dos dedos en la coronilla, en mitad del remolino, como si comprobara la temperatura de algo vivo. Los dejó ahí más tiempo del necesario. —A ver—murmuró. Separó el pelo con cuidado exagerado. No por delicadeza, sino por atención, como si le fuera la vida en ello. —Tienes el pelo muy fino. Lo dijo con una seriedad absurda, como si acabara de descubrir un problema que solo existía para ella. —Y se rompe—añadió convencida. Me quedé callada. Me lo habían dicho todas las peluqueras a lo largo de mi vida. Tengo cincuenta y un años. Sé que la densidad de mi pelo es escasa. Siempre lo he sabido. No soy imbécil. Entonces...¿por qué cada vez me lo dicen como si yo no tuviera ni idea? ¿Acaso hablo yo de su papada y sus ojos saltones? ¿ O de sus brazos desproporcionados? —Mucho no se ...
Así es... la vida viene como viene...
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